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La luz amarilla inunda la habitación, olvidé correr las cortinas anoche. Deben ser las 5:30, desde la cama, enterrado en un gordo edredón oigo las gaviotas tras un barco que entra en el puerto. Me levanto y abro la puerta de la cabaña para empaparme del espectáculo que preveo. Como una vecina cotilla salgo al patio y mis zapatillas quedan enterradas en la nieve. Ayer, cuando llegamos a Svolvaer, caía una ligera llovizna. El olor a salitre danza en el ambiente. El sol empieza a sentirse y no hace mucho frío. El sitio es abrumador, las montañas nevadas se hunden en el mar bruscamente cortando la infinita horizontal, sus cumbres son afiladas y sus paredes de granito limpias y verticales. El contraste del azul turquesa del mar, la arena blanquecina que se mezcla con la nieve y las rocas negras del espigón parece imposible. Nunca he visto nada igual.

Desembolsamos nuestro material, esquís y botas entre cajas de vino, jamón y embutido del bueno, que nos hemos traído.
Vestidos de romanos nos disponemos a explorar estas maravillosas laderas nevadas.
Nos esperan por delante 6 días de actividad de esquí de montaña y sorpresas a cada instante.
Las Lofoten nos ofrecen un amplio abanico de posibilidades para el esquí de montaña
Los días se suceden entre salidas a cual más bonita, cumbres con nombres impronunciables van engrosando nuestra lista de experiencias que quedaran grabadas a fuego.

Foto Groka Martinez

Cumbres tranquilas, sencillas y fotogénicas, canales pendientes y travesías circulares. Los desniveles diarios son muy variables y los vamos adaptando en función de la meteorología, el cansancio acumulado y el ritmo del grupo.

Foto Gorka Martinez

La calidad de la nieve, durante la semana, va cambiando como lo hace el clima. En un solo día vivimos las 5 estaciones. Es posible amanecer lloviendo, salir el sol, taparse de nuevo y empezar a nevar como si no hubiera un mañana.

Esquiar en polvo mientras se pone el sol a las 10 de la noche no es nada raro y fácilmente se convierte en adictivo.

Hoy amaneció un día de perros, pero seguimos excitados. Después de un desayuno pantagruélico como viene siendo costumbre. Salimos a investigar una cortita canal detrás del Vagakallen que vimos ayer. No se ve nada y el polvo se humedeció. Salvamos las rodillas como podemos y también la mañana. Pero el día es largo y decidimos visitar la bahía de Unstad, conocida por la práctica del surf!
Si la nieve no está buena.. pues le daremos al surfing!

Foto Gorka Martinez

Unstad es la cuadratura del círculo para un surfista.
No hay cocoteros, pero el lugar es paradisíaco pese a encontrarse por encima del Círculo Polar Ártico.
La nieve cubre la mayor parte de la playa..

Dicen que es la mejor época del año para surfear aquí. Habrá que hacer caso a los amigables locales. Hay que ir bien abrigado y con un neopreno de entre 5 y 7 milímetros de grosor, botines y guantes.
Alquilamos todo el material en el Unstad Arctic Surf Lodge, Tras casi dislocarnos cuatro veces los hombros para enfundarnos en los trajes de neopreno, ya estamos listos y parecemos pingüinos corriendo a través de los campos nevados con las tablas bajo el brazo… Se prevé una larga tarde de risas.

Foto Gorka Martinez

Nos llaman a la puerta de la cabaña. Es de noche todavía! Estamos doblados de la jornada de ayer. Alguien se atreve a levantarse de la cama y abre la puerta… Es el capitán del barco!! Nos anuncia que zarpa en 30 minutos!!!
Si hay algo que uno no debe perderse de ninguna manera en su visita a las Lofoten, es ver la salida del sol desde el mar. La perspectiva es marciana. Después de estar varios días recorriendo los pliegues de esta tierra caprichosa y revirada, la vista desde el mar hacia la tierra, nos brinda la posibilidad de hacernos una mejor composición de lugar.
Con un café humeante esperamos la salida del sol.

El velero abandona el puerto de Svolvaer y se dirige a Trollsfjord. Durante el viaje tenemos tiempo de desayunar con tranquilidad. Una foca curiosa se cruza en nuestro camino mientras empieza a nevar… Los copos de nieve cada vez son más grandes y densos. El ritmo del velero es tan pausado como abrir un regalo sorpresa lentamente.
El esquí que nos depara el Trollsfjord es tan alucinante que se hace difícil describirlo con palabras.
Podríamos quedarnos a vivir en este recóndito lugar y mientras descargamos los esquís en el muelle de nuestro último día, ya estamos deseando volver.

Foto Gorka Martinez

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